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Parroquia de Nuestra Señora del Pilar de Campamento (Madrid)
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—Recuerdos de "La Columna"—


Luz de otoño.

      - Para el número de octubre de 1995 -
     
(por D. Jesús Romero Romero)

   Cuando el sol ya calienta menos, la luz se hace más tenue, volvemos a la intimidad, al hogar, a la parroquia. Cerramos las ventanas al abrigo de la intemperie y abrimos el alma para escuchar las aguas subterráneas de Dios, que, en silencio, fecundan nuestra vida. El Espíritu nos empuja a reiniciar nuestra tarea: "que todos lleguemos a la madurez en la vida cristiana". (Col 1, 24)
 
   Se han empezado algunas pequeñas "reformas en la iglesia". Se trata de facilitar el culto y nuestra devoción. Con vuestra ayuda iremos conquistando metas.
 
   Tenemos ilusión en tener una Coral propia. La comunidad parroquial se lo merece. Tenemos veteranía y recursos para ello. Contamos con todos, especialmente con los y las jóvenes.
 
   En enero próximo la parroquia cumple sesenta años. Joven, pero veterana entre sus vecinas. Joven, pero madura en la medida en que estemos dispuestos a vivir el Evangelio. La vejez merece respeto y se le exige responsabilidad.
 
   Sumar, no restar. Hoy se habla más de santidad colectiva que de santidad personal. Un santo despreocupado de la santidad de los otros no sería tal santo.
 
   Todo lo ponemos bajo la protección de la Virgen del Pilar. Su fiesta está ya próxima. Contamos con la presencia del obispo auxiliar Mons. Javier Martínez.
 
   No olvidemos a los pobres, a los enfermos, a los alejados...
 
   Todos somos familia de Dios. Nos quiere a todos. Aportemos nuestros dones para el enriquecimiento común. Oremos siempre.
 
   Ya sé "que para la mayoría de las gaviotas no es volar lo que importa sino comer".
 
   Ahora nuestra vida está en Cristo escondida en Dios. Ya aparecerá. Porque "en Él está la fuente de la vida y en su luz veremos la luz". (Sal 36, 10)


               - El Párroco -

 

Creo en la Vida Eterna.
      - Para el número de noviembre de 1995 -
     
(por D. Joaquín Panizo Viñambres)
[Falleció el 28 de octubre de 1998, en la parroquia, a los 40 años de edad.]
 

   Desde pequeño recuerdo el día de Todos los Santos con el que comenzaba un mes triste, de novena de Ánimas, donde se hablaba de un Dios terrible, justiciero, que siempre estaba mirando por la rendija de la puerta. Los familiares de los difuntos rodeaban las tumbas de flores, las adecentaban, quitaban las hierbas. Muchos lloraban a sus muertos. Allí, aparte de no entender nada, no veía resurrección, ni vida por ninguna parte. Con el correr de los años me di cuenta que, desde siempre, el hombre es mortal, un día tendremos que morir; pero desde aquella mañana en que Cristo resucitó, ilumina nuestra noche, se convierte en día, la tristeza en gozo y la muerte en vida.
 
   Quizás no hemos llegado al encuentro con Jesucristo. Conocer a Jesucristo es entrar en comunión con sus padecimientos y su vida resucitada. El crucificado es el resucitado. Todo lo que sea vida entregada, gastada por los demás, eso es vida resucitada. Ya hemos resucitado. Algo por la resurrección nos ha sucedido. En expresión de S. Pablo: "Somos ciudadanos del cielo". Con Él estamos sentados en el cielo. Sería maravilloso que nos hiciésemos eco de las palabras de Nietzsche: "Muchos estaríamos más inclinados a lo cristiano, si adivináramos en el rostro de los cristianos la Resurrección".
 
   "La vida no es vida si no es bienaventuranza. Y la bienaventuranza no lo es si no es Eterna" (S. Agustín). Con la llamada a la bienaventuranza: "Venid benditos de mi Padre..." (Mt 25, 34), entraremos para siempre, como hijos, en el Reino de Dios, que es el que Cristo vino a instaurar sobre la tierra.
 
   La Vida Eterna es, más que el lugar, la vivencia del amor, el encuentro de la verdad que habita en el interior del hombre.
 
   Creo en la Vida Eterna, porque Cristo nos lo ha garantizado. Dejémonos transformar por Él, para no seguir siendo cristianos sin esperanza.


               - Joaquín -

 

Crónicas de la fiesta del Pilar.
      - Para el número de noviembre de 1995 -
     
(Sin firma)

   La Misa Solemne celebrada en honor a la Virgen del Pilar fue oficiada por el Obispo Auxiliar de Madrid, Francisco Javier Martínez. En su homilía destacó el gozo de la fiesta de la Virgen como un designio de Dios sobre nosotros. María debe ser el espejo de nuestra vida. Ella fue la primera redimida y la precursora de la Iglesia.
 
   A través del Espíritu Santo se nos comunica la vida misma de Dios y estamos llamados a ser dignificados por Cristo, pues todos le llevamos dentro. "Nuestros sufrimientos son los sufrimientos de Cristo y nuestros gozos son los gozos de Cristo".
 
   La realización de la vida plena consiste en escuchar la palabra de Dios y cumplirla. Acoger el designio de Dios es dejarse abrazar por su misericordia, como María supo abrirse y dejó hacer en ella la voluntad del Padre.
 
   Debemos darnos cuenta de lo que supone poseer el tesoro de la fe, ya que la vida no tiene sentido cuando nos alejamos de Dios. El hombre se encuentra entonces con su propio vacío, aparece la desesperanza, e incluso surge la idea del suicidio. La voluntad de Dios es la vida, la libertad y el gozo del hombre.
 
   Por otra parte, resultaron un verdadero éxito las convocatorias en los salones parroquiales, así como la actuación de la Coral de Voces Blancas "Arlas" de Peralta (Navarra) y el recital de Dña. Josefina del Castillo, a quienes agradecemos sinceramente su colaboración.
 
   En cuanto al Triduo de la Virgen del Pilar...
 
   El Padre Lucinio, Misionero Claretiano, nos adentró en las siete palabras de la Virgen. Cinco de ellas las encontramos en S. Lucas y dos en S. Juan.
 
   La 1ª palabra que pronuncia la Virgen acontece en la Anunciación, cuando el Ángel le dirige la Palabra a María para decirle que va a ser Madre de Dios. Ella se turba y surge como una contienda: "¿Cómo será esto, pues no conozco varón?". Dios se interesó por María, conectó con ella para el acontecimiento más grande de la humanidad.
 
   Al final del diálogo, María contesta: "Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra". Está a su disposición para secundar los planes de Dios, se doblega ante ellos. El Sí de María abre los planes de la salvación.
 
   La visita a su prima Isabel se enmarca dentro de las dificultades que conlleva atravesar las montañas de Palestina con dos propósitos: Compartir la gracia que ha recibido, y ayudar a su prima que en su ancianidad ha concebido un hijo. En esa visita hay palabras de paz, de saludo, de encuentro y la criatura salta de gozo en su seno. Isabel se llena de Espíritu Santo. De nuevo irradia el don de Dios.
 
   El Magnificat canta las maravillas de Dios porque Él es el Poderoso, el Señor, el Santo, el que llena de Bienes, el que lo ha hecho todo. Ojalá sepamos atribuir a Dios los bienes recibidos.
 
   La pérdida de Jesús en el templo supone dolor para la Virgen: "Hijo, ¿por qué nos has tratado así?". Nos lleva a caer en la cuenta de una realidad más profunda. "¿No sabíais que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?"; no en las del padre aparente. Actitud de María: aprender a buscar a Dios.
 
   La 6ª y 7ª palabra se realizan en las bodas de Caná. "No ha llegado la hora". El vino es el signo de la alegría. La actitud de muchos es murmurar. La actitud de María es positiva, ponerlo en manos del que puede realizar el signo para afianzar la fe. "Haced lo que Él os diga".