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—Recuerdos de "La Columna"—


INVITACIÓN A LA ORACIÓN
(por Humberto Velázquez Muñoz: octubre y noviembre de 1995)

I

 La importancia de la oración sólo se descubre cuando se practica. Nadie puede hablar, con conocimiento de causa, de las excelencias de una comida, hasta que no la prueba. Por eso, desde estas líneas, vamos a ir dando algunas notas que inviten a “degustarla”, y para ello, comenzaremos por lo más elemental, por su fundamento: ¿Qué le diríamos a quien nos preguntase: qué es la oración?
 
  Responderíamos: La forma o el modo que tenemos de comunicamos con Dios, de hablar con Él.
 
  Pues ya, en esa respuesta tan simple, está implícita la suprema importancia (sin parangón), de la oración. A comunicarnos, nada menos que con Dios, y de forma directa y sin intermediarios, le llamamos orar (y también: rezar, cuando se trata de la modalidad de “recitar oraciones”).
 
  ¿Le damos, tan siquiera, la misma importancia que a comunicarnos con nuestros semejantes?
 
  En nuestra mente utilitaria y pragmática, surge casi de inmediato esta pregunta: ¿Pero, para qué sirve la oración?
 
  A lo que responderemos más fácilmente si nos hacemos esta otra: ¿Y para qué sirve relacionamos y comunicarnos con nuestros semejantes?
 
  La única forma de conocer a una persona es relacionarse con ella, y tanto más la conoceremos, cuanto más, y más profundamente, nos comuniquemos con ella. Y esa comunicación es un proceso que requiere tiempo y constancia: El niño va conociendo a sus padres a medida que crece y se desarrolla, y sus padres, de igual manera, van conociendo el interior, la personalidad de su hijo, en el contacto, día a día, de su quehacer cotidiano. Pero es, gracias a ese “roce” continuo, como se genera el cariño. (No es lo mismo conocer a una persona de lejos, que hablar con ella o, además, conocer su nombre y sus inquietudes.)
 
  Pues con Dios ocurre lo mismo: ¿Nos importa conocerle?

II

 En la relación con Dios, al igual que en las relaciones humanas, nos podemos encontrar tres fases progresivas: La primera es la Relación de Necesidad

 El niño recién nacido, que todo lo necesita, demanda indiscriminadamente ayuda, mediante su llanto, a quien pueda oírle: Que le cambien los pañales, que le den de mamar, que le libren de incomodidades y dolores... Para él, su madre, es simplemente “la fuente de la leche” y no significa otra cosa; sin embargo, a sus padres, no les importa que sólo les quiera para cubrir sus necesidades físicas, porque comprenden que todavía no conoce ni sabe. (Y a Dios tampoco le importa que le utilicemos para lo mismo.) 

 Más adelante, a medida que crece, al niño le aparecen otra serie de necesidades: las afectivas; y necesita sentirse querido, cuidado, centro de atención, y desarrolla toda una suerte de “gracias” o “trucos” para conseguirlo. 

 Por último, surge una tercera necesidad: la racional. La búsqueda de todo tipo de seguridades: que sus padres se lo den todo, que todo lo sepan, que todo lo puedan, que todo lo solucionen... 

 Pero a pesar de que al niño le dé igual quien cubra sus necesidades, mientras que lo haga, y de que en todo esto todavía no haya amor: a sus padres no les importa, porque ven la constante progresión de su hijo. El problema surgiría si su hijo se estancase ahí y no creciera ni madurara. Así, a Dios, tampoco le importa que le utilicemos en nuestra progresión de fe. 

 ¿Pero en realidad, qué edad tenemos en nuestra oración? (¿Y en nuestras relaciones interpersonales?) 

 Gracias a que tenemos necesidades, nos relacionamos con otras personas para intentar solventarlas. Si no fuera por esas necesidades, viviríamos cada uno en nuestro mundo, aislados de todo. 

 Gracias a Dios, que todavía tenemos penas y contrariedades que los hombres no nos pueden solucionar, porque si no, nunca recurriríamos a Dios y no le conoceríamos; con lo que perderíamos la posibilidad de disfrutar de lo más maravilloso que nadie pueda soñar. 

 Si el recién nacido fuera autónomo y sin necesidades de todo tipo, no se molestaría en conocer a sus padres, y sería como uno de tantos reptiles que nacen de su huevo y nunca conocerán a sus progenitores. 

 Gracias a que somos pobres, indefensos, llenos de defectos, y que las desgracias nos rodean, nos podemos dar cuenta de que necesitamos a Dios y, aunque no sea por amor sino por puro egoísmo, podemos recurrir a Él y empezar a conocerle. 

 ¿Acaso la increencia casi impenetrable que reina en nuestro mundo de hoy, no está motivada por ese aparente y autosuficiente “tenerlo todo” o querer ‘‘serlo todo’’? 

III 

 En la segunda fase de toda relación (incluida la relación con Dios), la relación de necesidad se va transformando en Relación de Agradecimiento (que todavía no es amor, pero que se va aproximando a él). 

 Ese niño de nuestro ejemplo, va descubriendo que sus padres le dan cosas y le cuidan, y tienen atenciones hacia él, aún sin que él lo pida, con lo que se siente obligado hacia ellos por el agradecimiento, es decir, por la contrarréplica (base de la mayor parte de las relaciones interpersonales de los adultos, y de la educación en la mayoría de los hogares), y siente la necesidad de “pagar” esos favores con otros. (“Tanto me das, tanto te doy”, o “yo te doy, pero tú tienes la obligación de devolverme”.) 

 Sin embargo, si la contrarréplica no se cree justa o equitativa, se puede producir la marcha atrás en la relación, y aparecer el sentimiento contrario: el odio y el rencor (que es lo opuesto al agradecimiento y no al amor, porque el amor no tiene contrarios, ya que en él no es posible la marcha atrás al no esperar contrarréplica). 

 Por eso sólo puede aparecer el odio, el resentimiento o la “supuesta indiferencia”, donde no había amor verdadero, y sólo en la medida en que no lo había. 

 ¡Y hay tantas cosas que aparentan amor, y que llamamos amor, y que se caen al primer golpe de viento, porque en el fondo siempre esperan algo a cambio! 

 Pues con Dios ocurre de igual modo: que nos sentimos obligados por sus favores, y tratamos de “pagarle” o “comprarle” con trabajos, actividades, sacrificios y oraciones, lo que Él nos ha dado, y nos da, gratuitamente; y sin embargo, con ello, no estamos cumpliendo el mandamiento del amor. Y a este respecto dice el Evangelio: 

 “El maestro de la ley le dijo: 

 —Muy bien, Maestro. Tienes razón al afirmar que Dios es único y que no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. 

 Jesús, viendo que había hablado con sensatez, le dijo: 

 —No estás lejos del reino de Dios. 

 Y nadie se atrevía ya a seguir preguntándole.” (Mc 12, 32-34) 

 ¿Cuánto de “mercantilismo” hay en nuestra oración? 

 ¿Y en nuestra vida? 

IV 

 La tercera y última fase se alcanza, cuando la relación de agradecimiento comienza a transformarse en Relación de Amor (aunque hay personas, que llegan a morir en su vejez, sin ni siquiera haber rozado esta fase, no ya en su relación con Dios, sino en su relación con nadie). 

 Cuando ese niño (ya bien crecidito), descubre que sus padres le cuidarían y no cambiarían en su actitud ni en su cariño hacia él, aunque él no les “pagara” de ningún modo, porque no le exigen nada a cambio y sólo les preocupa su bien, la “ley” de la contrarréplica que venía aplicando deja de tener sentido, apareciendo entonces una opción nueva: la de la entrega libre y desinteresada de uno mismo, es decir, el amor verdadero; y que precisamente, por ser libre y gratuita, no exige recompensa, con lo que ya no le es posible volver atrás. (El que ama, no puede dejar de amar porque no espera nada, por lo que sólo puede avanzar creciendo en el amor; o dicho de otro modo: el amor verdadero irradia y genera amor.) Y con el amor, el ya no tan niño, consigue meterse en el pellejo de sus padres, ponerse en su lugar, y comprenderlos. 

 De la misma forma, el que advierte la entrega libre y desinteresada de Dios, y que no necesita “comprarla” de ninguna manera, comienza a actuar de igual modo, en esa última contrarréplica; y al amarle y colocarse en su lugar, metiéndose en su “pellejo” (como Él lo hace en la Eucaristía al meterse en nuestra carne), inicia el auténtico conocimiento de Dios, directo y sin intermediarios; descubriendo que la felicidad no está en ser amado, sino en amar, y que el mandamiento del amor, lo que pretende, precisamente, es nuestra felicidad. 

 ¿Acaso la felicidad de Dios depende de lo que nosotros le amemos? 

 El amor se convierte, pues, en la puerta de la comunicación interior, en la que ya no son imprescindibles “las palabras” para comunicarse, sino que todo es comunicación, y que comenzando como un ínfimo manantial se va transformando en un río invadeable; por lo que resulta absolutamente imposible amar a Dios sin amar a los que nos rodean, y de igual forma, amar verdaderamente a nuestros semejantes sin encontrarse con Dios. Así, en estos “Encuentros en la Tercera Fase”, (alusión fílmica digna de reflexión, si se interpreta en este sentido), la persona que ama se ve transformada en lo más íntimo de su intimidad, comenzando a irradiar, inconscientemente: felicidad, paz y alegría, aun en medio de muchas penalidades e incomprensiones. 

 Con lo cual, todo amor que no irradie y se quede en el “tú para mí, yo para ti, y los demás estorban o no interesan” no es verdadero, y toda oración que no transforme no es auténtica. Y... ¡Cuántas vidas están fundamentadas en una mentira! ¡Cuántos edificios, aparentemente sólidos, construidos sobre barro! ¡Cuánto rechazo de los otros porque “no interesan”, cuando precisamente eso, muestra la vaciedad de quien lo dice o lo hace! 

 ¿Cuánto de esto hay en nosotros? 

V 

 Una pregunta surge tras lo que llevamos visto: ¿Y entonces, cómo orar para conseguir un desarrollo adecuado y completo de nuestro ser? 

 La respuesta, a fuer de sencilla, puede parecer difícil: Con una profunda sencillez (pobreza interior) y una completa apertura a Dios (limpieza de corazón). 

 Quien no reconozca que todo le viene de Dios, tanto lo que es, como lo que tiene, como lo que “supuestamente” ha conseguido con sus fuerzas, no podrá llenarse de Dios puesto que está “lleno de sí mismo” (y de sus preocupaciones). 

 Quien le ponga premisas a Dios, ideas preconcebidas o condicionantes de lo que tiene que ser o debería ser Dios, nunca verá la realidad de Dios y su perfección, sino la falsedad e imperfección de esos condicionantes. Y en esto tenemos el maravilloso modelo de María, nuestra Madre, que en su sencillez y pureza de corazón hace posible en ella el “supuesto disparate” de la Encarnación. (Imaginemos si no, que en su lugar se hubiera tratado de un “maestro de la ley”, las ideas preconcebidas sobre Dios que éste se hubiera forjado, se lo hubiesen impedido). 

 Así pues, el despojamiento ante Dios es la base de toda oración, o como diría Santa Teresa de Jesús: El sentir y aceptar “la nonada que somos”. (Lo que tradicionalmente también se ha denominado como el silenciamiento interior o la búsqueda del silencio, o a lo que incluso las filosofías orientales se refieren con los términos Tao, Zen o Nirvana.) Una vez conseguido esto, la modalidad de oración ya da igual: El diálogo interior en el que le contamos a Dios nuestras cosas y “se nos ocurren” las soluciones, el recitado de oraciones que nos hace partícipes del saber y la verdad de Dios, la oración repetitiva (rosario) que nos introduce en el recogimiento, el despojamiento y la emulación; la lectura rezada en la que sentirnos como nuestro aquello que leemos, la lectura meditada en la que reflexionamos y sacamos consecuencias de lo leído, la contemplación en la que nos abandonamos en el amor de Dios, la oración escrita que nos ayuda a centrar nuestra atención en lo que le escribimos a Dios, la lectura comentada en común que nos permite enriquecemos y ver la acción del Espíritu Santo en los otros, la oración de entrega en la que “permitimos” a Dios, como presencia continua, que mire por nuestros ojos, que oiga por nuestros oídos, que sienta y actúe con nuestras manos y haga su casa en nosotros... etc., etc., etc.; no son sino formas circunstanciales de hacerla patente. 

 Por eso dicen las bienaventuranzas: “Dichosos los pobres en el espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” o “dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. 

 ¿Que condiciones le ponemos a Dios para dejarle entrar en “nuestra” vida? 

VI 

 En todo diálogo, y la oración es un diálogo, existe una alternancia en el hablar y el escuchar. Tan importante es el hablar como el escuchar. 

 Quien habla pero no escucha, a sí mismo se oye, y muestra con ello que no le importa nada el otro (también, quien sólo escucha pero no habla, muestra que su interés se centra en lo que pueda “sacar” del otro y no en ofrecer nada de sí). Luego con Dios, la oración no puede convertirse en un monólogo, sino que hay que darle ocasión para que hable, y estar muy atentos para escucharle, ofreciendo lo que somos. Pero... ¿cómo nos habla Dios? 

 Dios nos habla en nuestro idioma, en nuestra lengua materna, a nuestro modo para que podamos entenderle (pero sólo a aquellos a quienes les importa de veras escucharle); así que viendo cómo se comunican los hombres entre sí, y extrapolándolo a Dios, podremos ir dando respuesta a la pregunta anterior: 

1º.- A través de su obra: “Escuchando” lo que nos dice la naturaleza, la vida, lo inerte, lo abstracto, todo lo creado. 

2º.- Viendo sus hechos, es decir, cómo actúa con sus obras: “Escuchando” lo que nos dicen los fenómenos cotidianos y extraordinarios, los acontecimientos, la historia. 

3º.- “Escuchando” lo que ha dicho a otros hombres: A los apóstoles, (que nos han legado el Evangelio, que nos muestra a Jesucristo: la Palabra de Dios hecha carne), a los profetas y escritores inspirados (cuyo legado compone la Sagrada Escritura), y a los santos. 

4º.- “Escuchando” lo que pueda decir a través de todos los demás hombres (que también son su obra): Tanto cultos como incultos, listos como tontos, apreciados o despreciados, creyentes o no. 

5º.- “Escuchando” lo que nos dice a cada uno en concreto: Acontecimientos de la vida e historia personal, pensamientos, meditaciones, inspiraciones, sueños, etc., etc. 

6º.- Viendo cómo actúa Dios en la vida concreta de cada uno, y cómo la relación con Él la va modificando y nos va transformando, tomando buena cuenta de lo que eso nos quiere decir. 

7º.- (Y fundamental para el discernimiento): Viendo la coherencia y concordancia de todos los puntos anteriores, que manifiestan la bondad de cada cosa. (Todo lo de Dios es bueno, invariable, concorde y coherente entre sí; por eso, si a pesar de esforzarnos en todo lo anterior surgiera la duda, poniendo recta intención, no se puede fallar.) 

 ¿Sabemos escuchar? ¿Nos importa? ¿Nos esforzamos en ello? 

y VII 

 En la “escucha” atenta de lo que Dios nos dice, aún nos queda un crucial matiz por tratar: ¿Pero en qué consiste concretamente el hecho de “escuchar” a Dios? 

 Dios nos habla en nuestra lengua, a nuestro modo, pero nos habla a su estilo, es decir, mostrándonos lo que Él es, su “personalidad”. Si al observar el mundo descubrimos que Dios no se impone a los hombres, sino que respeta sus decisiones, y que simplemente se limita a sugerir el camino correcto (el camino de la verdad) desde la firmeza de la sencillez y la humildad: habremos descubierto cual es el “estilo” de Dios, su “personalidad” (su timbre de voz), y con ello habremos entrado en la dinámica del lenguaje sugerente de Dios. 

 Pues también, en la oración, nunca impondrá Dios su voz, sino que nos sugerirá las cosas como si la idea partiera de nosotros mismos; pero quien es capaz de apreciar la enorme riqueza de esa sugerencia y de cotejarla con “la nonada que somos”, sabrá valorar de inmediato de dónde le viene la tal sugerencia. Así pues, somos nosotros los que tenemos que buscar la sugerencia de Dios (como señal de lo que Él nos importa), y para ello, nos tendremos que poner en su lugar, metiéndonos en su “pellejo”, sacando todo lo bueno que haya en nosotros, para conseguir responder a la pregunta: ¿Qué me puede querer decir Dios a través de esto? (De esta cosa, de este acontecimiento, de esta situación, de esta persona, de este texto inspirado...) 

 Está claro que la verdad y profundidad de la sugerencia, dependerá de lo que nosotros queramos ver según nuestras preocupaciones y circunstancias, por lo que en la medida en que avancemos en nuestra “limpieza de corazón”, avanzaremos en la “claridad de escucha” de la voz de Dios. De esta forma, Dios nos va educando, pacientemente, en la libertad, y nos va enseñando a ver más allá de la apariencia de las cosas, a ver en la verdad, en las intenciones profundas y a juzgar por los frutos; y en la medida en que estemos en sintonía con Él, podremos ir aprendiendo a discernir y a reconocerle en cualquier parte, y a que también nos diga como a San Pedro: “Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.” 

 Sólo tenemos que dar nuestro particular “hágase en mí según tu palabra” y Dios hará el resto. Y entonces: Se renovará la faz de la tierra. No porque hayamos cambiado el universo visible, sino porque habrán cambiado los ojos que lo miran. 

 Así que: ¡Manos a la obra!



ALGUNAS PARÁBOLAS EVANGÉLICAS
TRAÍDAS AL SIGLO XXI
(por Humberto Velázquez Muñoz; 17-18 de noviembre de 2002)

 

LAS BODAS REALES (Lc 14,15-24; Mt 22,1-10).- 

 Un rey, casi desconocido, celebraba la boda de su hijo y dio un gran banquete. Cuando todo estuvo listo y dispuesto, envió a un criado a decir a los invitados: “Venid, que ya está todo preparado”. Pero todos, uno tras otro, comenzaron a excusarse. El primero le dijo: “¡Pero cómo voy a ir, si yo ya pertenezco a la ‘Congregación de Nuestro Señor Resucitado y Ascendido a los Cielos’! ¿No comprende tu señor que no puedo dejar el Reino a su suerte?” Otro dijo: “Yo, que soy de la ‘Parroquia de María, Estrella de los Medios de Comunicación Social’, tengo una labor insustituible y no puedo ir. Te ruego que hagas que tu señor lo comprenda.” Un tercero respondió: “¡Me dices a mí, que soy de la ‘Santísima Obra del Señor Bendito’! Yo ya disfruto de todo. ¡Menos fiesta y más obligación!” Otro le dijo: “¡Pero no sabe tu señor que soy miembro de la ‘Asociación Salvadores de la Humanidad gracias a Jesucristo’! ¿Acaso pretende que deje mi vital labor ni por un instante?” Incluso hubo uno que respondió: “¿Pero cómo se te ocurre decírmelo a mí? ¿No sabes que soy ‘Pastor Excelso de la Grey Abundantísima’? ¿Cómo voy a ir? 

 El criado regresó y refirió lo sucedido a su señor. Entonces el señor se irritó y dijo a su criado: “Sal de prisa a las plazas y calles de la ciudad y trae aquí a los pobres y a los lisiados, a los ciegos y a los cojos, y a todos los de corazón humilde.” El criado dijo: “Señor, se ha hecho como mandaste, y todavía hay sitio.” El señor le dijo entonces: “Sal por los caminos y las veredas y haz entrar a la gente, aunque sea a la fuerza, para que se llene mi casa. Pues os digo que ninguno de aquellos que habían sido invitados probará mi cena.” Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos; y la sala se llenó de invitados. 

 Al entrar el rey para ver a los comensales, observó que uno de ellos no llevaba traje de boda. Le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de boda? ¿Es que no te lo han dado al entrar?” Pero él se quedó callado. Entonces el rey dijo a los servidores: “Atadle de pies y manos y echadle fuera a las tinieblas; allí llorará y le rechinarán los dientes.” Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos. 

 

EL FARISEO Y EL PUBLICANO (Lc 18,10-14).- 

 Dos hombres subieron al templo, a orar ante el sagrario; uno era creyente comprometido, y el otro no practicaba y llevaba una vida disipada. El creyente, autosuficiente, hacía interiormente esta oración: “Dios mío, te doy gracias porque me he mantenido fiel a ti y no me he corrompido, como tantos que se dejan arrastrar por el consumismo, la comodidad, el dinero, el hedonismo o la lujuria. Yo cumplo los mandamientos y todas las normas de la Iglesia, y hasta comparto de mis bienes; no como ése, que no pisa la iglesia.” Por su parte, el que no practicaba, cabizbajo y manteniéndose a distancia, no se atrevía ni siquiera a levantar los ojos al sagrario; y arrepentido se lamentaba en su interior diciendo: “Dios mío, ten compasión de mí, que soy un pecador.” Os digo que éste bajó a su casa reconciliado con Dios, y el otro no. Porque el que se ensalza será humillado y el que se humilla será enaltecido.

 

EL BUEN SAMARITANO (Lc 10,30-37).- 

 Un católico que regresaba de Roma cayó en manos de unos agnósticos, que después de desmontarle todo lo que creía y atacarle sin piedad, lo abandonaron a su suerte dejándolo destruido. Un sacerdote, con el que se encontró casualmente por el camino, cuando vio la situación en que había quedado, no quiso abordar el asunto y lo pasó por alto. También se tropezó con un religioso, pero igualmente, en cuanto vio la situación, también dio un rodeo y evitó el tema. Pero un protestante que iba de viaje, al llegar junto a él y ver cómo estaba, sintió lástima. Habló con él, le consoló, y después de haberle sustentado los pilares de la fe como mejor sabía, le condujo hasta quien podía dedicarle más tiempo, y dándole una gratificación le encargó: “Cuida de él, que el tiempo que le dediques de más te lo pagaré a mi vuelta.”

 ¿Quién de los tres te parece que fue cercano del que cayó en manos de los agnósticos? El otro contestó: “El que tuvo compasión de él.” Jesús le dijo: “Vete y haz tú lo mismo.”

 

EL HOMBRE RICO Y EL POBRE LÁZARO (Lc 16,19-31).- 

 Había un hombre rico en ciencia, influencia y dinero, que no creía más que en sí mismo, y alardeaba de ser y tener; que no se privaba de caprichos y erudiciones, y celebraba, siempre que podía, espléndidamente su suerte. Y había un pobre creyente católico, llamado Lázaro, tendido al capricho del rico, cubierto de bajezas y desprecios, que deseaba saciar su hambre de sosiego y dignidad con lo que desechaban de la abundancia del rico. Hasta seguidores de otras religiones venían a lamentarse y consolarle en su impotencia. Un día el pobre murió y fue llevado por los ángeles a la casa del Padre. También murió el rico y fue metido bajo tierra.  En el infierno, cuando sufría lo indecible, levantó los ojos el rico y vio a lo lejos a la Virgen María y a Lázaro en el cielo. Y gritó: “Santa Madre María, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que me alivie aunque sea un instante, porque no soporto esta vaciedad que me devora.” La Virgen María respondió: “Recuerda hijo, que ya recibiste tus bienes durante la vida, y Lázaro, en cambio, males. Ahora él está aquí consolado mientras tú estás atormentado. Pero, además, entre vosotros y nosotros se abre un gran abismo, de suerte que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni tampoco puedan venir de ahí a nosotros.” Replicó el rico: “Entonces te ruego, Madre, que lo envíes a mi casa paterna, para que diga a mis cinco hermanos la verdad, y no vengan también ellos a este lugar de tormento.” Pero la Santísima Virgen le respondió: “Ya tienen a Jesucristo y a los santos ¡que los escuchen!” Él insistió: “No, Santa Madre María; si se les presenta un muerto, se convertirán.” Entonces Santa María le dijo: “Si no escuchan a Jesucristo y a los santos, tampoco harán caso aunque resucite un muerto, porque alegarán que son invenciones suyas para no admitirlo.”

 

EPÍLOGO (1Cor 13,1-3).- 

 Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como campana que suena o címbalo que retiñe. Y aunque tuviera el don de hablar en nombre de Dios y conociera todos los misterios y toda la ciencia; y aunque mi fe fuese tan grande como para trasladar montañas, si no tengo amor, nada soy. Y aunque repartiera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada me sirve. 

 El amor es…