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Parroquia de Nuestra Señora del Pilar de Campamento (Madrid)
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—Recuerdos de "La Columna"—


Saludo de bienvenida al inaugurar la Página Web parroquial.

      El día 1 de diciembre de 2002 (Primer Domingo de Adviento).
     
(por D. Jesús Romero Romero)

   En este momento de gracia para la Diócesis, que está viviendo el acontecimiento eclesial del Sínodo, la parroquia del Pilar de Campamento abre sus puertas en Internet.
 
   Queremos caminar juntos con la Iglesia Universal, con la Iglesia Diocesana y que todo esto sea un estímulo para vivir la comunión entre nosotros. Os abrimos las puertas de nuestra parroquia y de nuestros corazones para que desde nuestra vida sensiblemente parroquial y cristiana caminemos hacia la Santidad.

 

  Entrevista a la Hna. Sagrario Sanz Sanz,
     
de la Compañía Misionera del Sagrado Corazón de Jesús.
      (A finales de mayo 2003. Fallecida unos años después.)
      (por Luis Alberto Cristóbal Regidor y Josefina Gutiérrez Martínez-Conde)

      Nuestro objetivo es fomentar el espíritu misionero en los miembros de nuestra Parroquia. Por esta razón hemos invitado a la hermana Sagrario, que tiene una experiencia de 53 años como misionera en la selva peruana. ¿Cuándo sintió su vocación misionera?
 
      La vocación misionera en mi familia la hemos sentido desde el hogar. Mi madre era muy misionera y luego lo sentí muy fuerte cuando fui aspirante, y luego después, delegada de aspirantes. “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a todas las criaturas” y “tengo otras ovejas que no son de este redil” son dos frases que siempre han sido una referencia muy importante en mi vida.
        Frecuentaba mucho la oración y el amor a la Eucaristía, que era algo muy habitual en mi casa.  Éramos de comunión diaria, ya desde el año cuarenta y, a veces, celebrar la eucaristía diaria nos suponía mucho esfuerzo; porque sólo había eucaristías por la mañana y esto suponía que, por ejemplo, en los veranos, tuviéramos que levantarnos a las cinco y media de la mañana, para poder ir a la misa, que en el pueblo se celebraba a las seis de la mañana para que pudieran ir los campesinos. Siempre hemos ido toda la familia junta, mi padre y mi padre, con todos los hijos. Esta profundidad la hemos llevado desde la familia; así digo siempre a mis hermanas, que yo conocí a Cristo en mi hogar, porque el hogar y la familia deben ser el centro de las vocaciones. Desde muy pequeña se me enseñó a hacer sacrificios por las misiones cuando me decían mis padres: “Guárdese esas pesetillas para las misiones”, por eso te digo que es algo que he vivido muy profundamente en el hogar desde muy pequeña, no sólo yo, sino todos los hermanos. Hace algunos años, cuando todavía había pesetas, mis hermanos daban unas cien pesetas a mis sobrinos, y les hacían meter cinco en la hucha, para las tías misioneras (Sagrario en Perú y Choni en La India).
 
     ¿Cómo se dio cuenta de que Dios la quería en la Selva?
 
     En un principio, lo único que tenía verdaderamente claro era que tenía la vocación de ir a anunciar el Evangelio y, entonces, entré en una congregación con clara orientación misionera; porque luego había otras congregaciones que tienen misiones, pero también colegios y hospitales, y como se debe obediencia, existía la posibilidad de no acabar en la misión en sí, sino trabajando en un colegio. En un principio pensé que tenía vocación de carmelita, para orar por las misiones, porque tan sólo tenía quince o dieciséis años y pensé que no podía, pero un padre jesuita me dijo: “Tú tienes un carácter muy alegre y vales para misionera, sé misionera” (porque era muy alegre y he hecho muchas trastadas cuando era muy joven). Pero he hecho muy feliz a mucha gente. En seguida me hicieron delegada de aspirantes en Acción Católica hasta los dieciocho años, que ya me manché al convento. Ya entré en esta congregación que éramos todas para misiones y… ¡donde te toca!, porque mi primer destino no fue para la selva, mi primer destino fue para China. Después vino la revolución, tuvimos que esperar dos años para ver si se arreglaba el problema del comunismo, y luego fue cuando me fui a la selva.
 
     En aquella época no era tan fácil como ahora irse de misiones:
 
    —
Desde luego que no. Yo quería una congregación que fuera específicamente misionera, y además con la devoción al Sagrado Corazón, por el amor de Dios a los hombres. Entonces encontré mi congregación, que es Compañía Misionera del Sagrado Corazón de Jesús, que fue lo que me llevó profundamente a la misión y ha sido lo que me ha hecho ser profundamente feliz. Porque he aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres y que los hombres no lo aman. Mi misión es hacer que ese amor de Dios lo sintamos los hombres. Lo importante no es lo que nosotros amamos a Dios, sino creer en profundidad que Dios nos ama a nosotros. Cuando creo que de verdad me ama, entonces todos los trabajos se hacen suaves. Porque hay trabajos muy duros.
 
     —
¡Qué importante es la oración diaria para sobrellevar todas estas dificultades diarias!:
 
     —
Es más importante la oración para la misión, que el dinero, y ¡yo necesito mucho dinero porque tengo muchas obras de pastoral!. Cuando me mandasteis una carta en la que me contabais que habíais puesto los Jueves Misioneros, pensé: ¡Eso va bien!, porque es precisamente ahí donde hay que profundizar; es Dios quien nos salva, y de eso, los misioneros, tenemos que estar muy convencidos. La Iglesia ha declarado patrona de las misiones a una monja carmelita de clausura; por tanto, ¡fijaos que importante es la oración para el misionero!.
 
     —Y ésa es la diferencia que se puede apreciar entre los misioneros y las ONG:
 
     —
Por supuesto; y con los que van de pastoral a hacer un trabajo de tres meses, que van a algo en concreto, y ¡eso no es un misionero!, lo digo sinceramente. Tiene que haber una convicción profunda de que estás entregado para la extensión del Evangelio y eso se consigue a base de estar. Lo importante es no ir con tiempo definido, sino ir a lo que Dios me da. Ésta es la misión. Y para mí, lo profundo de la misión es la oración, ese encuentro profundo con Cristo para que las almas lo conozcan. Es lo más esencial y lo más profundo. Evidentemente es importante el dinero, pero no olvidemos la oración, que es lo importante. Debemos dar, no del dinero que nos sobra, sino es dar algo de lo que yo tengo. A los 77 años tengo una paz y una alegría que no la cambio por nada del mundo. La oración que debemos hacer es una oración interior, no una oración repetitiva, rezada sin pensar. ¡Hay tantos Sagrarios abandonados! Y tanta gente que lo necesita. Debemos pedir: ¡Señor multiplica,… haz!, es ésta la profundidad cristiana que debemos tener. Y esto, luego te lleva a pensar cómo tienes que hacer tu labor diaria. Pero esto tiene que salir de saber estar tú en El Sagrario, si no, es metal que suena, campana que retiñe, y no hacemos nada. Si no hay una oración profunda y con sacrificio, es hacer el tonto. Así de simple y claro. Ahora estoy haciendo tanta misión en mi casa, como en la misión. Porque me levanto todos los días a las 6:30, para empezar mi oración.
       Todos tenemos obligación de ser misioneros. Y no os olvidéis de cómo se extendió la Iglesia. La Iglesia no la extendieron los Apóstoles, sino los seglares, cuando estaban perseguidos en Jerusalén y tuvieron que dispersarse e iban anunciando el Evangelio. Porque tenían la oración y el compartir del pan.
 
     —
Eso es algo que hemos perdido los cristianos...
 
     —
Eso lo hemos perdido todos. Los primeros cristianos oraban juntos.
 
     —Me preocupan los jóvenes, porque veo que son muy abiertos a la idea de Dios. Cuando estuve en Perú, vi que había mucha superstición:
 
    —
No hay que atacarlos, sino transformarlos. Ellos no tienen la culpa de esa superstición. La evangelización llegó hace siglos, pero han faltado sacerdotes profundamente cristianos. Algunos de los que hemos ido, nos hemos dedicado a la cosa social, pero no por nuestro gusto, sino porque era necesario. A veces hemos olvidado lo nuestro, que es el anuncio. Hay que buscar un equilibrio entre la oración y el trabajo: “Ora Et Labora”.
       Una vez: entramos a una misión, que era de las primeras, porque había copones del siglo XVI; y como no tenían sacerdotes que les explicaran qué es la Eucaristía, el día del Corpus ponían un papel recortado en la custodia. Eso ha habido que transformarlo, pero no diciéndoles: “¡Eso esta mal!”, sino: “No es eso lo que hay que llevar”. Eso sólo se puede hacer con un sacerdote o con una misionera consagrada. Yo tengo permiso del obispo desde el año 67, para poder llevar la Comunión. En ese año, me tuve que meter quince días en una misión con mucha gente enferma de sarampión. Luego, comentaba al obispo que me costaba mucho pasar quince días sin comulgar, y fue en ese momento cuando me dio permiso para llevar la Comunión. Como nos marchábamos para quince o veinte días, terminábamos sintiendo la necesidad de comulgar.
       Yo, para estar con el enfermo como tengo que estar, necesito la fuerza de Dios. Me alimento con la oración, pero también me alimento con la Eucaristía, que es lo más importante. Por este motivo, no puedo entender cómo la gente entra directamente en la iglesia hacia una virgen o un santo, a encenderle una vela, puesto que está Cristo vivo en el sagrario y el primer saludo debe ser para Cristo. Es precisamente eso lo que se trata de enseñar en la misión. No debemos caer en tanta milagrería, porque lo primero es Cristo, y por eso está encendida la luz.
       Os voy a contar una anécdota muy bonita: El obispo es muy sencillo y campechano; cuando vamos a la misión es uno más en el equipo. Un día le regalaron una corona de plumas de los indios, la que se puso al igual que el jefe de esa comunidad india.  Al llegar el momento de la consagración, el obispo se quitó la corona y la puso al lado del altar; se levanta el jefe de la comunidad, se quita la corona, y la puso al otro lado. Luego le preguntamos: “¿Y por qué has hecho esto?”. A lo cual respondió: “Muy sencillo, si el obispo pone su corona a los pies de Cristo, yo también pongo mi corona a los pies de Cristo”. Esto es a lo que me refería antes: a no decirles lo que es bueno ni lo que es malo. Si vas diciendo: “Eso es malo”, no haces nada.
 
     —
¿Los jóvenes sienten mucha inquietud religiosa?
 
     —
Tenemos un problema ahora con los jóvenes. Hay mucha inquietud religiosa, pero… no está muy definido. No sabemos si dicen que tienen vocación religiosa para mejorar en su situación social, pudiendo así estudiar, o porque realmente tienen auténtica vocación. Lo que hacemos ahora, es pagar pequeñas becas para comer y para que puedan estudiar, pero sin decirles todavía si tienen o no vocación. Para poder ser sacerdotes, les decimos que primero tienen que ganarse la vida y manejarse con su dinero, porque la vocación exige esto. Tanto es así, que a los seminaristas se les da los estudios, pero antes de ordenarse se les ha dado la carrera de magisterio o de enfermería. Entonces, antes de ordenarse, se les deja dos años trabajando en la Parroquia, viviendo con su familia en su hogar y teniendo un trabajo con el que ellos pueden vivir con dignidad.
 
     —
¿ ... Y no se pierden vocaciones?
 
     —
No se pierden. Se ganan padres de familia cristianos. Porque todo el problema que tenemos hoy día con algunos sacerdotes es debido a que se les ha ordenado sin haberles mandado al mundo para que se curtan y que sean de verdad lo que tienen que ser. Una vocación que ha salido del seminario, le han ordenado y le han puesto en una parroquia, no ha visto la vida. He visto sacerdotes que recién ordenados han hecho cosas que no tenían que hacer. Pero si a ese sacerdote se le dejan dos años para que pueda trabajar y sea libre, no se ordena sacerdote y no tenemos un escándalo en la Iglesia. No nos dejemos llevar por el número. Es mucho más importante la calidad que la cantidad. En todos los aspirantes a sacerdote debes ver cómo se comportan en la oración, en los trabajos parroquiales, con los compañeros… Si trabajan bien, se debe protegerlos, ayudarlos y seguirlos. En nuestra congregación, cuando nos dice una indígena que quiere ser misionera, se la admite. Pero primero se la lleva a una casa de la misión, en la que vive uno o dos años con nosotras y como nosotras, sufriendo la necesidad como nosotras. Ahí se ve si tienen verdadera vocación. A las que se ve que tienen vocación, se les hace que estudien, pero todavía sin ser de la Compañía.
 
     —
¿A qué edad entran los seminaristas en el seminario?
 
     —
Una vez que han terminado el bachillerato. El año pasado se ordenaron dos sacerdotes.
       Nuestra vocación son primeras etapas de evangelización. Yo he entrado en zonas, en las que no ha entrado ningún cristiano hasta que yo no he entrado. Hay que preparar el terreno, antes de empezar a hablarles de Dios. Es decir, es un paso muy brusco: de no conocer a Dios, a querer ordenarse sacerdotes. Además, para ellos, la castidad no es un valor, es un contravalor, porque valoran mucho el hecho de tener hijos. El don de la castidad es necesario para el servicio.
 
     —
Tenemos animadores cristianos, porque no podemos llegar a todas las partes. Sólo somos doce misioneros para  45.000 Km. cuadrados. Estos animadores juntan a la comunidad el domingo para leer el Evangelio, explicarlo, y llevar las oraciones y aprender a rezar. Los que están más preparados son los encargados en dar la Catequesis en la comunidad. Porque sólo llegan los sacerdotes una o dos veces al año a un determinado lugar; sólo hay dos sacerdotes.
 
     —
¿Son españoles?
 
     —
No. Tenemos un polaco y un ecuatoriano. Tenemos dos estudiantes para sacerdotes, son salesianos, uno dominicano y otro peruano. El obispo es español. Cuando no ha habido sacerdotes, en la comunidad nos hemos quedado hasta dos meses sin eucaristía. Por eso hace falta fomentar el clero, pero buenos sacerdotes porque, a veces, se van a quedar mucho tiempo solos.
 
     —
¿Cómo llegar a los alejados, es decir, a los que han recibido el bautismo y luego se han olvidado de Dios?
 
     —
Olvidarse de Dios, no se olvida nadie. Os voy a contar una anécdota antes de empezar:
      Veníamos en el río, antes de una zona muy brava. El motorista que llevaba la barca decía que no había Dios, pero al pasar por la zona brava se santiguó. Yo le dije: “Esto no está de acuerdo, con lo que me has venido diciendo por el camino”. A lo que él respondió: “¡Ay, hermana!, es que al pasar el peligro, todo el mundo se acuerda de Dios.” De forma que, el fondo de Dios, lo tenemos todos; pero lo tenemos que hacer revivir en el hogar.
      Donde primero hay que empezar a revivir es en el hogar, porque la pareja se ama. El amor se engendra en el sacrificio. A los niños hay que enseñarles desde pequeños que son muy importantes en la familia, pero son uno más, no los predilectos. Desde ahí no se puede imponer una creencia en Dios; hay que hacer un Dios amable y que me ama. Dios me ama, dándome la salud, el bienestar y, también, con la cruz.
      También es muy importante dialogar. Mirad: la fe es Dios quien nos las da. Nosotros podemos pedirla, pero nosotros no la podemos conseguir. Tendré fe cuando me convenza que hay alguien que me ama de verdad y que no me va a castigar. Por el castigo no duran las cosas; por esto hay tantas ONG  que verdaderamente no valen nada, porque se van y dejan todo peor que estaba, porque les han hecho que tengan dinero pero no les han dado un servicio a la comunidad. Algunas ONG creo que están destruyendo incluso a algunas comunidades indígenas, porque los hacen egoístas e individualistas, y el indígena es comunitario; y si no les damos eso desde el principio, al igual que hizo Cristo, que empezó con una comunidad, ganaremos mucho.
      Cuando se viene de fuera, me he dado cuenta que a los jóvenes os falta alegría en los ojos. No valoráis casi nada, porque tenéis de todo. Criticáis mucho, hay mucho pesimismo, en lugar de proponer cosas buenas que podéis hacer.
      Ya, para despedirme, me gustaría contaros una última anécdota:
      Yo hablaba con un indígena, Don Raimundo, que encontró la presencia de Dios en él. Un día le pregunté: “Y tú, Raimundo, para ti, Tata Dios, ¿dónde está?” A lo que respondió: “Tata Dios…, Tata Dios está en tu delante, en tu encima, te acompaña cuando vas a la chácara, cuando estas con tu familia, cuando vas al río. Tata Dios, está en tu dentro más que tú mismo. Así, como cuando coges un trapo y lo metes al río, y “toditito” se moja, más está Tata Dios en nuestro dentro”. Este hombre no sabía escribir, y aprendió a leer para leer la Biblia.
 
     —
Hermana Sagrario, tanto nosotros, Luis y Josefina, del Grupo de Misiones, como el resto, queremos agradecerle enormemente el tiempo que nos ha dedicado para esta entrevista. Ha sido toda una experiencia poder oír todas estas vivencias que, sin duda alguna, servirán a todos los lectores de La Columna.
 
     —
Gracias a vosotros y hasta la próxima.

 

LOS VIAJES PAPALES
(por Humberto Velázquez Muñoz, el 18 de abril de 2005)

Se ha hablado mucho acerca de la conveniencia o no de los viajes papales, y hay voces que piden que el nuevo papa sea menos viajero que lo fue Juan Pablo II, y que debería quedarse más en el Vaticano.

Ante esto, a mí me gustaría relatar una experiencia propia que, creo, aporta unos aspectos poco valorados:

Era el año 1982, el papa viajaba a Benín, Nigeria y Gabón, pero para poder llegar a Libreville, capital de Gabón, el avión papal tenía que sobrevolar Guinea Ecuatorial, y la Iglesia en Guinea solicitó al papa que hiciera una breve escala en dicho país; éste accedió, y, de prisa y corriendo, se organizó una escala en Bata (la ciudad más importante de la parte continental de este diminuto país), con la celebración de una misa en la Plaza del Reloj. Y allá que fuimos todos los que contábamos con algún medio de transporte. (Nosotros, desde Mongomo, en la frontera oeste, a trescientos y pico kilómetros de la costera Bata; lo que nos suponía casi un día de viaje.)

La asistencia a la misa fue nutrida, a pesar de las circunstancias y condiciones, pero no pasará, precisamente, a la historia de las grandes concentraciones humanas. ¡Yo pude ver al papa celebrar la eucaristía a tan sólo unos veinte metros de distancia! (¡Ni en las celebraciones vaticanas!)

Pero… ¿qué pensó la gente sobre esta visita relámpago?

El papa, el jefe de toda la Iglesia universal y representante de Cristo en la tierra, que residía en la lejana y remota Roma, había bajado de su pedestal para acercarse a ese rincón minúsculo, pobre y olvidado de África, y hasta casi se había dejado tocar. ¡Pues si esto puede hacerlo un hombre, a quien vemos, y sabemos de todas sus debilidades…! ¡¿qué no hará Dios, a quien no vemos, y del que nos han hablado se encarnó, vivió y murió por nosotros, y vive por los siglos de los siglos?! ¡Dios está más cerca de nosotros de lo que imaginábamos!

Y eso… por sólo un viajecito de nada. ¿Quién da más?