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Parroquia de Nuestra Señora del Pilar de Campamento (Madrid)
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¿Conocéis el árbol de la fe?

    Se llama Roble, de la "familia" Albar. Mide 1 m 86 cm. Brotó el 21 de febrero de 1996. Se unió a nosotros en el Camino de Santiago, y, actualmente, ha arraigado en nuestra parroquia, donde le hemos visitado para que nos cuente su historia...

 

    ¡Hola! Mi madre es un roble enorme que vive a la vera del camino en Barbadelo, en Lugo. Cuando yo todavía era bellota, un peregrino de esta parroquia pasó junto a mi mamá, y ella le dijo que era la fe de la Iglesia a lo largo de los siglos, porque había arraigado en el camino recorrido por infinidad de peregrinos a lo largo de toda la historia; y le pidió que me llevara con él y me plantara en la tierra de  su parroquia, para que yo fuera imagen visible de la fe: Y aquí estoy, creciendo gracias a la fe de todos, que es alimento para mí, que sale de los corazones, se transforma en savia y me da vida.

 

    Mi primer año de vida lo pasé viviendo con mi amigo el peregrino, en su casa, donde eché mis primeras hojas; y el día 1 de marzo de 1997, los jóvenes de esta parroquia, hicieron un hoyo en la tierra dura y pedregosa (pero que era el lugar mismo donde estuvo la imagen de la Virgen del Pilar) y me transplantaron. Desde entonces he tenido muchos altercados, pero, aunque un poco torcido, voy creciendo.

 

    Tratadme con cariño: necesito mucho, y si queréis que crezca sano y fuerte, sólo necesito una cosa: vuestra Fe. ¿Entendéis ahora por qué quiero crecer?

 

 

            (9 de abril de 2000)

 

            Pilar Urbina López y Jorge Bermejo Corralo.

 

 

HERMANAMIENTO ENTRE LAS PARROQUIAS DE SAN CARLOS BORROMEO DE COCHABAMBA (BOLIVIA)

Y DE NTRA. SRA. DEL PILAR DE CAMPAMENTO DE MADRID (ESPAÑA)


    Las comunidades cristianas de Ntra. Sra. del Pilar de Campamento, con su párroco Jesús Romero Romero y el Grupo de Misiones, y la de la parroquia de San Carlos Borromeo (Bolivia), afirmamos nuestra decisión de culminar el proceso de hermanamiento, que haga efectiva la unidad que propicie un vivo intercambio de bienes, tanto espirituales como materiales.

 

    Unidad basada en el reconocimiento de una fe común, de una filiación común en Dios.  Porque, hemos sido “creados a imagen del Dios único y verdadero, dotados de una misma alma racional, todos los hombres poseen una misma naturaleza y un mismo origen.” Confiamos, plenamente, recibir múltiples gracias, ambas comunidades, con este hermanamiento. Nuestra parroquia es consciente de que este acontecimiento nos ofrecerá la posibilidad de un crecimiento espiritual de nuestra comunidad, teniendo en mente las palabras del Evangelio en que Jesús se identifica con los pobres, los que tienen hambre, sed, están desnudos: “Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis.”( Mateo 25, 40)

 

    Serán partícipes del hermanamiento el conjunto de los feligreses de la parroquia, avivando así nuestra conciencia misionera. Intentaremos movilizar los corazones ante las perspectivas de incremento de las desigualdades sociales entre ricos y pobres, en las que, como Juan Pablo II nos recuerda, este mundo se muestra indiferente con los que no tienen oportunidad de vivir dignamente dentro de él, y que es especialmente visible en los países de Hispanoamérica, impulsándonos hacia una verdadera caridad cristiana, profundizando en su sentido de compartir en el amor.

 

    Como en el Concilio Vaticano II, afirmamos que la Iglesia debe estar presente allí donde la humanidad experimenta sus alegrías, esperanzas, tristezas y angustias. En forma particular debe hacerse solidaria con los más pobres. Partiendo del concepto de “signos de los tiempos”,  existen algunos hechos y situaciones que interpelan la fe y la acción pastoral de la Iglesia: hambre y miseria de grandes sectores de la humanidad, aspiración de transformación ante las desigualdades económicas y sociales, etc. (Documento Gaudium et Spes)

 

    Es evidente también que este pequeño grano de arena que supondría nuestra aportación material, sería totalmente insuficiente si no viniese acompañado de los bienes espirituales, de la oración constante, que supone en definitiva dejar a Dios mismo como único que puede cambiar la situación, y ofrecer a estos pueblos la esperanza verdadera.

 

    En definitiva, por todo lo anterior, nos comprometemos a seguir los siguientes objetivos:

    - establecer una ayuda de bienes materiales.

    - mantener un continuo intercambio de bienes espirituales, especialmente por medio de la oración.

 

    No creemos que haya mejor confirmación de nuestro compromiso que el hecho de que ya, este mismo verano, varios de nosotros se propongan viajar a Cochabamba para ayudar, en la medida de sus posibilidades, a que este hermanamiento empiece a fraguarse auténticamente, con la ayuda de Dios.

 

 

    En Madrid, a 10 de Abril de 1999,



Jesús Romero Romero                Eugenio Romero Pose

        -Párroco-                -Ilmo. Sr. Obispo auxiliar de Madrid-

 

 

Grupo de Misiones                Jesús Pérez de Miguel

                         -Consiliario Diocesano de Misiones de Madrid-

 

                Redactado por Mario Gómez Garrido

 

-Cartas desde Cochabamba (Bolivia)-


Carta de Jorge y Silvia:

Queridos hermanos de la Parroquia:

 

    ¡Qué podemos deciros de nuestra experiencia!: pues muchas cosas, pero sobre todo que ha sido muy gozosa. Nos ha gustado mucho pasear por las calles de Cochabamba, de los cerros en los que hemos estado trabajando; parece que es Jerusalén misma en tiempos de Jesús. Y allí lo encontramos a Él, en cuerpo y alma, resucitado en los ancianos que visitamos, en los niños que nos asaltan en los caminos, en los enfermos y en los moribundos...

 

    Hemos podido experimentar en nuestra piel lo que se siente al darle un pan a un niño con hambre. Y lo que se siente al enseñar a un ancianito a escribir su nombre... Y sobretodo, hemos experimentado lo que es proclamar la palabra de Dios. En nuestra vida se ha hecho vivo ese pasaje del Evangelio que dice: “...Y convocando a los doce los envió de dos en dos...” y todo esto sin haber hecho nada por merecerlo; pues ¡quién somos nosotros para tener ese privilegio! Pues ahí es donde se experimenta el amor que Dios nos tiene, que tanto nos ha querido, que nos ha sacado del mundo y en el mundo nos ha vuelto a poner; porque ya somos, de algún modo, suyos nada más, y sentimos que de Dios ya nunca podremos desprendernos. Pues es como el néctar, que lo pruebas y te embriaga, te emborracha y te conquista. Que esto es sólo un paso más, para luego dar otro más grande, eso es lo que sentimos nosotros dos (cada uno desde nuestra experiencia personal de vida y desde nuestro encuentro único con Dios). Podéis imaginar, que la huella que está dejando Dios en nuestras almas, nos hace más bestias o más santos según la respuesta que queramos darle, pero desde luego no pasa desapercibida y, sobre todo, que a partir de ahora, desde nuestra vuelta, no seremos los mismos (no seremos como antes, en cierto o grueso modo). Porque uno no puede ser el mismo después de haberse asomado al misterio, que sigue, después de casi 2000 años, quedándonos grande, y en el que seguimos viéndonos pequeños.

 

    Aquí, Dios, es el mismo que allí y habla con la misma fuerza, pero quizá la falta de ruido, o quizá sea nuestra disponibilidad de escucha, hace que le oigamos con más intensidad. La pobreza tan grande que existe hace que lo poco que tenemos (nuestros pocos talentos) sirvan de mucho. Pues es tan poco lo que tiene la gente, que nuestro “poco”, para ellos, es “grande”; lo que a nosotros nos deja admirados. Por ejemplo: ¡quién iba a decirme a mí, que suspendiendo toda mi vida las matemáticas, mis “conocimientos” sirvan para enseñar a otros! Y es que une gota de agua en el desierto es casi un mar. Así que, Jorge, con sus conocimientos de matemáticas superiores a los míos, imaginaos los milagros que hace.

 

    Aquí se ama a la gente casi sin querer, y al cabo del tiempo tenemos más de una ocasión para hacer el bien y ser el “buen samaritano” sin hacer nada del otro mundo; por el contrario, seríamos monstruos si no lo hiciéramos.

 

    Nuestra conciencia, al cabo del día, nos interrogaba mil veces, ya que todo en rededor nuestro nos cuestiona... por ejemplo: hace unos días, una de las ancianitas más pobres (que vive sola en un cuarto sin luz ni agua, con una cama y un banquito) nos obsequió con una bolsa de tunas (higos chumbos); ¡qué maravilloso es, que alguien que no tiene, te dé de lo le falta...! Aquí se ve, resucitada, a la persona del Evangelio que ofrece su monedita; ¡qué admirada por Dios debe de ser esta viejecita! Y nosotros sentimos que no lo terminamos de apreciar lo suficiente, ¿seríamos nosotros capaces de ofrecer lo único que tenemos a alguien que sabemos que tiene más que nosotros?, ¿qué significaremos nosotros para esta viejecita, para que desnude sus tunas, pierda tiempo en cortarlas (con lo que pinchan), las meta en una bolsa de plástico (que a ella le cuesta 10 centavos), ¡y Dios sabe cuánto tardará ella en reunir ese dinero! y cargue con ellas por largas cuestas para venir a entregárnoslas! ¡Señor! Esta viejecita nos entrega su vida... ¡y nosotros nos contentamos sólo con visitarla!... Cosas así, podríamos contaros montones. O como aquella otra viejecita que no sabe leer, pero que guarda su Nuevo Testamento debajo de la almohada todas las noches, para dormir cerca de la Palabra de Dios, que no puede leer... ¡Y cuántas veces, nosotros, tenemos pereza por leer un rato y meditar luego algún pasaje del Evangelio!

 

    Bueno, en definitiva, nuestra experiencia, como habéis leído ha sido muy enriquecedora, y esperamos poder enriqueceros a vosotros con ella, no sólo a través de esta carta, sino a través de otras actividades que vamos a realizar para que veáis dónde están nuestros hermanos de Cochabamba y, sobre todo, sepáis cómo hemos vivido nosotros toda nuestra experiencia con ellos, durante estos casi tres meses, gracias a vuestra generosa ayuda y apoyo, estando con nosotros no sólo a través del pensamiento, sino también unidos en la oración.

 

    Gracias por vuestro apoyo y gratitud:

 

          (Septiembre de 1999)

 

           Silvia Ramírez Sánchez  y  Jorge Bermejo Corralo

 

 

 

Carta de Beatriz al regreso de Cochabamba:

 

    Me gustaría ser capaz de explicaros en pocas palabras lo vivido por mí en Cochabamba, con nuestros hermanos, pero sé que, aunque los recuerdos viven y perdurarán para siempre dentro de mí, las palabras se quedarán cortas, y sólo puedo invitaros a que visitéis a este pueblo querido y conviváis con esta gente maravillosa que tan feliz me ha hecho. Ellos sólo saben amar, sonreír y agradecer, con lo que Dios se mete dentro, y a veces es difícil diferenciar dónde estás tú y dónde está el Maestro. Así es la misión: integrarse en una cultura y país diferente, y ser la viva imagen de Jesucristo. Eso no es difícil pues es Él mismo el que se encarga de salir por tus ojos, tus manos, tu sonrisa... he vivido en comunión profunda con Él y con la Parroquia, de manera que he llegado a comprender y a vivir el misterio profundo y feliz de la Eucaristía. Sabía que me separaban de la Parroquia montones y montones de kilómetros y de agua salada, pero sin embargo me sentía muy cerca de todos, y ahora me ocurre igual: Cochabamba está fuertemente grabada en mí y ya nada volverá a ser como antes. Ya no miro las cosas con los ojos de antes, y algo dentro de mí ha cambiado, aunque ahora no sé muy bien el qué.

 

    Los niños y ancianos del comedor de Villa Jerusalén, con el que colabora la Parroquia, comen gracias a todo Campamento, y necesitan más ayuda. Todo el dinero llega, pues siempre aprovechamos que viaje alguien para mandarlo, y les aseguro que se emplea hasta el último centavo y además muy bien empleado; de eso se encargan las Hermanas del Amor de Dios, que tienen un colegio allí y colaboran con la Parroquia de San Carlos, con quienes estamos hermanados. Por eso animo desde aquí a todo el barrio para que depositéis dinero en la alcancía, en la entrada del templo, porque de verdad se necesita. También se emplea para ropa, útiles escolares y otras necesidades. En total se atiende con él a unas 130 personas, entre ancianos y niños, pero el número crece poco a poco.

 

    Desde aquí mi agradecimiento (porque Cochabamba es algo nuestro) a todas las personas que con su sacrificio hacen posible esas sonrisas, esas lágrimas de agradecimiento que allí brotan de los niños y ancianos que tanto quieren a la Parroquia del Pilar; y por favor, dedicad un ratito de vuestras oraciones a ellos... porque es mucho lo que ellos merecen por su gran, gran amor, del que Dios llenará nuestros corazones; y no olvidéis que en Bolivia, en Cochabamba, tenemos hermanos en Jesucristo.

 

            (Abril de 2000)

 

             Beatriz Pascual Manuel

 

Recuerdos de la peregrinación parroquial a Roma

(26 de septiembre a 4 de octubre de 2000)

 

 

    Creo que todos los que hemos estado en Roma con la peregrinación parroquial hemos venidos satisfechos, y cada uno con sus anécdotas y vivencias personales que aportar a los demás.

 

    Tengo que expresar mi admiración y dar mi ¡ole! a las personas mayores, que han aguantado como “jabatos” las carreras de Roma para llegar a tiempo a los distintos lugares, los madrugones, las aglomeraciones... y que han estado, en todo, “al pie del cañón”, sin incidentes ni caídas ni despistes. (Ni siquiera se enfermaron con el chaparrón de Florencia.)

 

    Sería muy largo enumerar aquí todas las actividades que hemos realizado durante estos intensos nueve días peregrinos, y el ambiente fraternal reinante, pero por destacar algunos momentos significativos, recordaré la agradable y amable acogida que nos ofrecieron las Hijas de la Iglesia (congregación a la que pertenece nuestra querida Esperanza) en su sencilla y sugerente iglesia-capilla, junto a las murallas vaticanas, en nuestro primer día en Roma.

 

    Fue un momento bastante singular, yo diría que especial, no sólo por la amable acogida y solicitud de las hermanas, y por lo entrañable de la celebración, sino también por el ambiente que nos envolvía: El lugar luminoso, claro, franco, de gran sencillez, presidido por la imagen de María, Madre de la Iglesia, enmarcada por un alargado arco que, ascendiendo desde el suelo, junto al sagrario, parecía abarcar cielo y tierra, y con figuraciones de sarmientos en su base, que rodeando dicho sagrario, nos recordaban cómo debemos estar unidos a esa vid, a ese Cuerpo de Cristo, para, de esta forma, poder dar fruto. Y allí, a la izquierda de nuestras miradas, la tumba de la fundadora, la Madre María Oliva Bonaldo del Cuerpo Místico. Pero a mí, lo que más me llegó (dado mi momento personal), fue la representación de palomas a lo largo de ambos lados del templo: Unas, agarradas a las ramas en actitud de reposo; otras, iniciando el vuelo pero aún sin soltarse, y otras, ya en pleno vuelo. Yo me encontraba en esa segunda actitud, iniciando el vuelo pero sin acabar de soltarme de las cosas que me impedían volar alto: Debía soltarme. ¡Sólo hay que abrir las patitas y ya está!: El Aire sostiene las alas.

 

    Momentos como estos se prodigaron, cada uno con sus connotaciones singulares y propias, a lo largo de la peregrinación: La audiencia papal del día siguiente en la Plaza de San Pedro, tan multitudinaria e internacional. La misa con nuestro cardenal, Monseñor Rouco, en la iglesia de la que es titular en Roma (San Lorenzo in Dámaso), junto a los seminaristas y otros peregrinos de la Diócesis. La celebración penitencial, igualmente presidida por nuestro arzobispo, en la impresionante basílica de San Pablo Extramuros. El interior de la basílica de San Pedro, la más grande del mundo. La misa, para nosotros solos, ante la reliquia del corporal manchado de sangre eucarística, en la catedral de Orvieto. La visita a Asís, plagada de recuerdos franciscanos, con la oración ante el crucifijo al que San Francisco oyó decir: “Ve, Francisco, y repara mi casa, que, como ves, amenaza ruina” (y esto, dentro de la basílica de Santa Clara, rodeada de andamios, a consecuencia de la reparación de los daños ocasionados por el terremoto de 1997, lo que convertía a la frase en aún más actual e impactante). Los días de Florencia, rodeados de arte por todas partes (y también de mercadillo, con sus compras). La excursión a Pisa. La visita a la basílica de San Antonio, en Padua, y el emocionante encuentro de María Luisa con Conchi (su hija). Venecia, con sus canales, sus callejas, su arte y su singularidad única...

 

    ¡Tantas cosas para “rumiar” a la vuelta…!

 

            (Octubre de 2000)

 

             Humberto Velázquez Muñoz