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Parroquia de Nuestra Señora del Pilar de Campamento (Madrid)
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Historia de la Parroquia de Nuestra Señora del Pilar de Campamento

(Con motivo del sesenta aniversario, en 1996)
 

    Todos, alguna vez, nos hemos cuestionado por nuestra historia. ¿Quiénes fueron nuestros antepasados? ¿De qué manera nos precedieron en el paso de nuestra vida? Y hemos preguntado insaciables a nuestros padres y hemos pedido a nuestros abuelos que nos relataran la historia de nuestra familia junto al fuego templado de la chimenea, asomados así a nuestra propia historia. Penetrando hasta sus mismas raíces, desenterrando el misterio de la semilla de la cual brotó tan majestuoso árbol genealógico que tiene la virtud de llenarnos de preguntas y asombro.

 

    Y movidos por una irresistible curiosidad infantil, hemos corrido al álbum familiar para hacer desfilar ante nuestros ojos sus entrañables fotos amarilleadas por el largo paso del tiempo, buscando en aquellos rostros de nuestros antecesores, algún rasgo, gesto o manera, que aún quedara vivo en nuestra propia imagen.

 

    ¿Y cuál fue el origen de esta gran familia que forma hoy nuestra comunidad parroquial? Sesenta años de historia han transcurrido desde aquel entonces en que brotó una pequeña planta con el sabor amargo de la guerra en tierra bombardeada. Que ha ido creciendo, ladrillo a ladrillo, hasta llegar a nuestros días. Han sido también ladrillos, los sentimientos, las vivencias, los rostros, el esfuerzo, el empeño, la fe, la huella imborrable que fueron depositando aquellos que marcharon camino del Reino de Dios por delante de nosotros. Gentes, a las cuales debemos, sin duda alguna, los primeros cimientos del "gran pilar" que hoy se sostiene, para nosotros, como una bandera flameante, que nos invita a defenderla.

 

    Por eso, hemos querido desempolvar el álbum de nuestra historia, para partir en busca de vestigios olvidados en los que poder reconocer algo nuestro.

 

    Nuestra Señora del Pilar de Campamento es, en sus orígenes, una iglesia castrense hasta pocos meses antes de iniciarse la guerra civil, que pasa a ser parroquia. Nace como tal el 4 de enero de 1936, con el propósito de atender mejor al servicio espiritual de los fieles de los barrios de El Campamento y Cuatro Vientos, para lo que hubo de escindirse de la parroquia de San Pedro Apóstol de Carabanchel Alto. Es publicado el decreto en el Boletín Oficial del Obispado de Madrid-Alcalá el 15 de enero del mismo año.

 

    En la inauguración participa la Reina Victoria.

 

    Son tiempos de guerra. De dolor, espanto y lamentos. La población, asentada frente al polígono, está acostumbrada a ver pasar "el blindado", vehículo que se encarga del transporte de los cuerpos de los soldados que han muerto en los bandos, para notificar su muerte a sus familias mediante las chapas de identificación.

 

    Para salir o viajar es obligado conseguir un salvoconducto especial. Las trincheras se encuentran en lo que hoy es carretera de Extremadura, porque Campamento es retaguardia. Está prohibido parar frente al cuartel que se encuentra frente a la capilla, por el Alto Estado Mayor y la policía secreta. Y es cotidiano ser acompañado, camino de la asistencia a misa en la capilla, por el estruendo de los cañonazos producidos en el kilómetro ocho, donde los obuses caen asiduamente.

 

    Durante el periodo del año 38 a marzo del 39, en la capilla militar, únicamente celebra misa, los domingos y festivos, un cura militar, al que según la costumbre, llaman "Pater".

 

    La radio da el parte. Esa noche va a ser especial y totalmente crucial para los españoles. La expectación está junto a los receptores, la tensión de los españoles puede oírse en sus pulsaciones. Las noticias dan el fin de la guerra: "¡Españoles, la guerra ha terminado!" Una esperanza se abre camino en el corazón de muchas mujeres, los soldados que no han caído regresarán a casa junto a sus esposas y sus madres. La voz corre casa por casa, haciendo resurgir la alegría en todos los hogares, y los campanarios de los pueblos echarán las campanas al vuelo. Se reza el Te Deum, la salve, y al día siguiente se celebra la misa por todos los fallecidos.

 

    Es el final de cuatro años de guerra, pero sus consecuencias no han hecho más que comenzar...

 

    A partir de diciembre de 1939, ya se celebra misa todos los días, domingos y festivos, en la capilla de Campamento, para personal civil, a una hora determinada, siempre por la mañana y en latín. Se encarga de ello Don Pedro Revuelta, primer párroco tras acabar la guerra.

 

    La gente acude con el fervor que da la experiencia de una guerra. Comienza a poblarse el barrio, y en la parroquia empiezan a introducirse las buenas costumbres de la Iglesia, celebrando los siete domingos a San José, los nueve primeros viernes al Corazón de Jesús, y las Hijas de María.

 

    El estado del barrio es lamentable: Niños que llegan de fuera, ratas enormes, mucha pobreza, el hambre de la posguerra, cartillas de racionamiento, etc. Es un verdadero suburbio. Apenas hay medios de locomoción y todo pilla muy lejos. Las escuelas más cercanas están en Carabanchel Alto, a donde hay que llegar a pie.

 

    La gente que vive a orillas de la caballería y otras zonas alejadas está dispensada de oír misa debido a la distancia.

 

    A Don Pedro, le sustituyó Don José Ignacio Marín en 1944. Era secretario particular del obispo Don José María Eijo y Garay, por lo que todos los días se trasladaba a despachar a su oficina. Al concluir la guerra había estado como coadjutor en la iglesia de San Román y llega a esta iglesia en calidad de párroco.

 

    Cada 4 de diciembre se celebra en los cuarteles a Santa Bárbara, patrona de la Artillería, y el 8 de diciembre a La Purísima, patrona de la Infantería. Invitan a las fiestas al personal civil y se celebra misa de campaña. Las imágenes de estas patronas se encontraban en la capilla, y en su fiesta, los soldados se las llevaban al cuartel.

 

    En las procesiones de Semana Santa y el Corpus, los militares colaboraban. Los oficiales asistían uniformados de gala. Las bandas de trompetas tocaban, mientras los soldados cubrían carrera y la caballería daba escolta a la procesión. Eran unas procesiones muy solemnes.

 

    A los tres años de terminada la guerra, el día del Pilar era celebrado únicamente por la Guardia Civil, que tenía el cuartel junto a la capilla.

 

    El pueblo celebraba la fiesta de la Virgen el 15 de agosto y, al día siguiente, el 16, la de San Roque, patrón de las fiestas del barrio por ese entonces. Por el día sacaban en procesión a San Roque, por donde Don José Ignacio indicaba, y por la noche se celebraba el baile (se hacía la kermés y demás) justo en la plaza donde hoy para el autobús 36. También se celebraba la Misa del Gallo.

 

    Un año, Don José Ignacio, puso entre pajas al Niño Jesús en la plaza donde acaba el 36 (Sebastián Álvaro) y desde ese lugar le llevaron en procesión hasta la iglesia (la capilla) mientras le cantaban villancicos. Pero esto se hizo en esa única ocasión y no volvió a repetirse.

 

    Ante el estado del barrio, Don José Ignacio y Don Pepe, alcalde del barrio, convienen en hacer un dispensario (que era un lugar a donde acudían médicos y religiosas para realizar curas y demás atenciones sanitarias) y un colegio para los niños.

 

    Esto se hizo posible en el terreno de la calle del Cine que va desde la de Montehermoso hasta la de Manuel García, limitando con la calle de Daniel Segovia (la de las casas de Correos). Mientras fue dispensario, se colocó una virgencita en una hornacina, guardando la puerta de entrada, que, curiosamente, aún se conserva. (Desapareció con las nuevas obras del barrio en 1999.) A dicho lugar, acudían dos religiosas de la congregación Salus Infirmorum y otras personas más, para hacerse cargo del cuidado de los niños.

 

    Por aquél entonces, donde actualmente están las casas de los carteros, el terreno era llano, así que cuando vino la imagen de la Virgen de Fátima, en procesión, hasta ese lugar, se trabajó mucho para conseguir sacar a todos los enfermos a que la vieran, en el camión que vistieron para presentarla.

 

    La parroquia, indudablemente, había crecido. La actividad era cada vez más grande. Existían grupos como la Acción Católica, que había tenido sus primeros comienzos después de la guerra.

 

    La Acción Católica tenía mucho trabajo por estos tiempos. El grupo lo formaban unas doce mujeres con una que actuaba como presidenta. Se ocupaban de los enfermos, del ropero, de los donativos... Las cosas no eran como ahora. Los sobres eran llevados casa por casa, y pedían a los industriales, obligándolos a colaborar. Luego, tras ponerse sus batas blancas, repartían las bolsas para el hambre, las mantas, etc. tres veces por semana.

 

    Ellas mismas confeccionaban la ropa, unas celadoras cortaban las telas compradas y otras las repartían por las casas, para que las mujeres colaboraran haciendo la ropa que se les encargaba; de esta manera, el ropero conseguía estar lleno y podía acudirse a él en caso de necesidad, que había mucha. Si, por ejemplo, acontecía un nacimiento en el barrio, se visitaba a la pareja y se les daba una canastilla completa, con toquillas, etc.

 

    Si, por ejemplo, una señora caía enferma, e iba a la farmacia a comprar la medicina pero no podía pagarla; como la farmacéutica no se la dispensaba, acudía entonces a la presidenta de Acción Católica, la directiva tenía su reunión y, entre todas, recogían el dinero necesario para la compra de tal medicina.

 

    Don José Ignacio, al ser secretario del obispo, se desplazaba diariamente a su despacho en el tranvía, junto a los soldados. Para ahorrarle la incomodidad de este trayecto, entre los feligreses se reunió el dinero, y le regalaron una Vespa. En una de estas ocasiones en que la utilizaba, a un soldado que iba para Madrid, con dos caballos, para recoger a un jefe militar, se le desbocó uno de ellos a mitad de camino, con tan mala fortuna que fue a dar con Don José Ignacio que iba en su moto, y le accidentó. A raíz de esto, el Señor Obispo, en su visita, le dijo: "Mira José Ignacio, tú a Campamento no vuelves, yo te traigo a Madrid". Y así fue, cuando murió el párroco de San Ginés, el obispo lo trasladó allí.

 

    A Don José Ignacio, vino a reemplazarle Don Manuel López Pérez. Corría el año 1953.

 

    Hasta ahora, en la parroquia, habían estado funcionando los grupos de Adoración Nocturna, Hermandad del Santo Cristo y San Roque (de hombres), Hijas de María, Hermandad de San Antonio y Hermandad del Carmen.

 

    A Don Manuel López, le fue cedido el terreno, donde se había presentado la imagen de la Virgen de Fátima a los enfermos, a un precio muy módico, para la construcción de la iglesia; pero Don Manuel no creyó conveniente edificar la iglesia en ese terreno, y lo realizó más abajo, en la calle Villaviciosa. Allí, unos muros sin techar destinados a convertirse en colegio, acabaron transformándose en la antigua iglesia que todos hemos conocido; sufragada, poco a poco, por los donativos de todos, y que se habilitó en cuanto tuvo techo, aunque su acabado se prolongó durante años.

 

    El sagrario que hoy tenemos en la capilla, y que era el que se encontraba en la antigua iglesia de la que hablamos, fue comprado por Don Manuel en los talleres de los sótanos de Granda, junto a la Mutual del Clero, en la calle de San Bernardo. Las imágenes del Santo Cristo, La Dolorosa, San José, la Virgen del Pilar, San Antonio y La Purísima, son mucho más antiguas, pues proceden de la primitiva capilla del Paseo de Extremadura en la zona de los cuarteles, y fueron compradas por los integrantes de Acción Católica.

 

    En la época en la que llegó Don Manuel a la parroquia, la situación del barrio había mejorado en muchos aspectos. Junto con el Ejército y la Guardia Civil, el alcalde del barrio había conseguido que las camionetas de la empresa De Blas llegaran y pararan en la zona de Luis Candelas, de forma que la locomoción mejoraba mucho. Las aceras, el asfalto y la construcción de nuevos edificios habían ayudado a que éste creciera.

 

    En el año 1954 aparecen los primeros números de la revista parroquial, publicación a la que había que suscribirse.

 

    El 12 de septiembre de 1987 fallece Don Manuel López. Cuando llevaba la comunión a un enfermo, se indispuso y murió mientras era trasladado al hospital. Su cuerpo estuvo expuesto, durante todo un día, en el salón de actos de las Cooperadoras de la Familia, acompañado en la oración por multitud de fieles.

 

    Don Manuel deja un barrio que ha multiplicado su población exponencialmente, que ha elevado su nivel de vida y que ya posee varias líneas de autobús y una línea de metro, y en el que el primitivo territorio parroquial se ha fragmentado en una multitud de parroquias, hasta constituir dos arciprestazgos.

 

    El 7 de diciembre de ese año, se incorpora, como nuevo párroco, Don Manuel Soriano Barbero. El sueño del primer Don Manuel de dotar a la parroquia de un gran templo, es retomado por este segundo Don Manuel. El espacio parroquial se había quedado pequeño para todas las actividades emprendidas ahora, y se precisaba un gran complejo parroquial, aun en detrimento de las dimensiones del templo proyectado. La financiación para este propósito se consigue cediendo una parte del subsuelo para un aparcamiento, haciendo así posible la construcción del nuevo complejo parroquial. La dedicación del nuevo templo se realiza el día 10 de octubre de 1992 (el año del quinto centenario). ¡Y salimos anunciados en la sección de barrios del ABC!

 

    Un mes después, el 8 de noviembre, víspera de la festividad de Ntra. Sra. de la Almudena, fallece Don Manuel en el hospital, tras haber desfilado por su cuarto todas las fuerzas vivas de la parroquia, en una despedida querida por él. Pero se va al cielo sabiendo que su sueño se ha cumplido, porque las obras se ven finalizadas en abril de 1993, y todo sigue su curso normal.

 

    Con el nuevo año llega el nuevo párroco, y el 31 de enero de 1993 toma posesión Don Jesús Romero Romero, nuestro actual párroco. Y con él, nuevos grupos, nuevas ilusiones y nuevos proyectos. Pero aún queda mucho por caminar, mucho por construir, la historia del Pilar no ha hecho más que empezar. Una gran misión nos espera a la vuelta de la esquina.



                     Silvia Ramírez Sánchez